La mujer no permitió que su hija la reprendiera, pero su hija se comportó de manera digna, y lo que hizo la conductora también te sorprenderá,

El conductor observa la escena por el espejo retrovisor durante unos segundos.

El autobús sigue avanzando, pero las conversaciones de los pasajeros disminuyen poco a poco.

Finalmente, el conductor habla con voz tranquila:

—Señora, la mujer solamente le pidió a su hija que dejara de tocarle el cabello.

La madre lo mira desde su asiento.

—Es una niña. Solo estaba jugando.

La anciana interviene enseguida:

—No quiero causar ningún problema. Solo le pedí que parara.

La madre responde:

—Y yo le estoy diciendo que no tiene que hablarle así a mi hija.

La anciana parece sorprendida.

—No le hablé mal.

Una pasajera sentada al otro lado del pasillo interviene:

—Es verdad. Se lo pidió con mucha educación.

La madre gira la cabeza hacia ella.

—¿Y usted por qué se mete?

La pasajera levanta las manos.

—No quiero discutir. Solo escuché lo que ocurrió.

El conductor vuelve a hablar:

—Por favor, mantengamos la calma. Todos tenemos derecho a viajar tranquilos.

La niña mira a su madre.

Luego mira a la anciana.

Por primera vez parece comprender que la situación se ha vuelto incómoda.

—Mamá…

La madre la mira.

—¿Qué pasa?

La niña baja los ojos.

—Creo que la señora tiene razón.

La madre queda sorprendida.

—¿Qué?

La niña mira a la anciana.

—Perdón. No quería molestarla.

La anciana sonríe ligeramente.

—Gracias, pequeña. No pasa nada.

La madre permanece seria.

El conductor asiente desde su asiento.

Poco a poco, los pasajeros vuelven a sus conversaciones.

La tensión parece haber terminado.

La anciana vuelve a mirar hacia delante.

Pero unos segundos después, la niña observa algo que sobresale del bolso de la mujer.

Es una vieja fotografía.

La niña la mira con curiosidad.

La anciana nota su mirada.

—¿Qué ocurre?

La niña señala tímidamente la fotografía.

—Nada… es que ese señor de la foto se parece mucho a alguien.

La anciana baja la mirada hacia la imagen.

—¿A quién?

La niña piensa unos segundos.

—A mi abuelo.

La madre gira inmediatamente la cabeza.

—¿Qué estás diciendo?

—Mamá, mira.

La anciana también se vuelve lentamente.

La niña señala la fotografía.

—Ese hombre. Tenemos una foto casi igual en casa.

La madre observa desde cierta distancia.

Su expresión cambia ligeramente.

—Déjame verla.

La anciana duda.

Después le entrega la fotografía.

La madre la toma.

En cuanto ve al hombre de la imagen, queda inmóvil.

La anciana observa atentamente su reacción.

—¿Lo reconoce?

La madre tarda en responder.

—Se parece a mi padre.

La anciana aprieta los labios.

—¿Cómo se llamaba su padre?

La madre la mira con desconfianza.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Porque quizá no sea solo un parecido.

La niña mira a ambas mujeres.

—Mamá, dile el nombre del abuelo.

La madre finalmente responde.

Al escuchar el nombre, la anciana se queda completamente inmóvil.

—Entonces eres tú…

La madre frunce el ceño.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Nos conocemos?

La anciana la observa durante varios segundos.

—La última vez que te vi eras mucho más pequeña que tu hija.

La madre queda desconcertada.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

—Yo no la recuerdo.

—No espero que lo hagas. Tenías apenas unos años.

La niña mira emocionada a su madre.

—Mamá, ¡ella te conocía cuando eras pequeña!

Pero la madre no sonríe.

—¿De dónde conocía a mi familia?

La anciana recupera lentamente la fotografía.

—Conocí muy bien a tu padre.

—¿Era amiga suya?

La anciana no responde inmediatamente.

—Digamos que durante muchos años fuimos personas muy importantes el uno para el otro.

La madre la mira fijamente.

—Mi padre nunca habló de usted.

La anciana sonríe con cierta tristeza.

—Eso tampoco me sorprende.

—¿Por qué?

La anciana mira por la ventana.

—Porque prometimos no volver a hablar de aquella época.

La madre se pone seria.

—¿Qué época?

La anciana guarda la fotografía en su bolso.

—Fue hace demasiado tiempo.

—Un momento. Usted acaba de decir que conocía a mi padre y también me conocía a mí. No puede dejarlo así.

La anciana la mira.

—Quizá tengas razón.

La niña pregunta:

—¿Tiene más fotos de mi abuelo?

La anciana sonríe.

—Sí. Algunas.

—¿Puedo verlas?

La madre interviene:

—Cariño, espera.

La niña vuelve a sentarse.

La madre mira a la anciana.

—Quiero saber quién es usted.

La anciana suspira.

—Mi nombre probablemente no significará nada para ti.

Dice su nombre.

La madre queda en silencio.

Algo parece haber cambiado en su rostro.

La anciana lo nota.

—¿Te resulta familiar?

—No estoy segura.

—¿Dónde lo escuchaste?

La madre intenta recordar.

De repente abre mucho los ojos.

—Espere…

La niña pregunta:

—¿Qué pasa?

La madre mira a la anciana.

—Cuando era pequeña había una caja en casa de mi padre.

La anciana se pone seria.

—¿Qué caja?

—Una caja de madera que siempre mantenía cerrada.

La anciana no responde.

—Una vez la abrí.

El rostro de la anciana cambia.

—¿Qué encontraste?

—Cartas.

La anciana se queda inmóvil.

—¿Leíste alguna?

—Era demasiado pequeña. Pero recu

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